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Agua y energías renovables. (Segunda parte. 2/4)

José M Martínez-Val
Catedrático de Termotecnia. ETSII. UPM.

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La mayor parte del agua de lluvia cae en el mar, por su mayor superficie, y por ser el foco de la evaporación. En la tierra viene a caer aproximadamente la cuarta parte, es decir, unos 110.000 km3/año.

II.  El ciclo del agua

Toda el agua evaporada, antes o después, caerá a la superficie terrestre, en una forma u otra de condensación, fundamentalmente lluvia, aunque también hay que contar el granizo, la nieve, el rocío y la escarcha. Pero, ¿qué representa el dato anterior, en el contexto del inventario de agua del planeta?.

En la Tierra hay 1,5x109 km3 de agua aproximadamente, la mayor parte de ella en los océanos (97%) constituyendo lo que denominamos agua salada (pues es el depósito que va acumulando las sales arrastradas por el agua fluyente; dado que las sales no se evaporan). El otro 3% aproximadamente lo constituye la llamada agua dulce, que en su mayor proporción (~79%) está helada en los casquetes polares (más glaciares, etc). Del resto, el 20% es agua subterránea, que fluye lentamente hacia el mar o permanece estancada por períodos largos, y va rellenándose con lo que permea de las precipitaciones, y un 1%, que equivale a 370.000 km3, constituye el agua superficial. De ésta, algo más del 50% está contenida en lagos, un 1% en organismos vivos, un 8% en la atmósfera (como vapor de agua) y el resto fluye por la superficie terrestre, aunque de ella, no toda, sino una pequeña parte (algo superior al 2% de la superficial) se puede considerar encauzada en ríos.

Es importante discriminar entre lo que son valores de inventario, como los que acaban de referir, y los de flujo, que se deben expresar en caudal, y de los cuales es fundamental la cifra ya dada anteriormente: el caudal de evaporación/precipitación total es de unos 450.000 km3/año.

De lo que verdaderamente dispone el ser humano como precipitación primaria, es de unos 100.000 km3/año aproximadamente.

La mayor parte de esta agua cae en el mar, por su mayor superficie, y por ser el foco de la evaporación. En la tierra viene a caer aproximadamente la cuarta parte, es decir, unos 110.000 km3/año, muy heterogéneamente repartido, según se sabe. Muy altas precipitaciones específicas (por m2) se dan en las selvas tropicales y en las áreas monzónicas, y muy escasas en los desiertos.

Puede comprobarse que el total inventariado de agua superficial (370.000 km3, es del orden (un poco inferior) a la precipitación total anual, pero se ha de tener en cuenta que dicha precipitación ha de ir rellenando también los acuíferos subterráneos, que suponen más de 7 millones de km3, que van fluyendo lentamente (e incluso no fluyendo, estancados) hacia el mar.

De lo que verdaderamente dispone el ser humano como precipitación primaria, es de los 100.000 km3/año que aproximadamente caen en la tierra, aunque de ellos una gran fracción (mayor de 4/5) es difícilmente aprovechable, aunque no imposible, al no quedar como agua encauzada y relativamente cercana a la civilización. Tomando dicha precipitación disponible como valor de referencia (unos 20.000 km3/año) podría decirse que, en media, y contando los 6.000 millones de personas que somos hoy día la humanidad, nos corresponden unos 300 m3 por habitante y año. En las zonas industrializadas el consumo es de unos 100 m3/hab.año, lo cual parece indicar, en teoría, que hay amplio margen para el crecimiento en el uso del agua, pero eso no es el objetivo fundamental de esta ponencia, si bien cabe formular unos breves comentarios al respecto:

  1. primero, que la precipitación es muy irregular, en latitud y longitud, como ya se ha dicho; 

  2. segundo, que los consumos de los países pre-industriales son muy pequeños, e incluso cerca de un 20% de la población no tiene acceso a agua corriente;

  3. tercero, que no toda el agua caída es igualmente fácil de captar para consumo humano, que se centra sobre todo en ríos lagos y acuíferos someros, lo que puede producir la degradación del inventario de algunas cuencas;

  4. cuarto y último, que el agua verdaderamente no se consume sino en muy pequeña proporción: el agua se usa. Una vez usada, el agua se vierte o se excreta, y en definitiva no se perturba su cantidad sino su calidad. 

Por supuesto, de muchas aplicaciones sobre todo agrícolas, y en menor medida industriales, se desprende cierta cantidad de agua evaporada, e incluso pasa eso con la sudoración y transpiración animal y vegetal. Esto se trata en otras ponencias de esta Jornada. No obstante, en muchos casos donde la captación de aguas se hace en sitios muy lejanos, no de la misma cuenca donde se va a emplear, se produce una transferencia de flujos que puede desecar unas cuencas en beneficio de otras; pero eso tampoco es objeto de este análisis, centrado sobre las energías renovables y el agua, de la que hemos visto su ciclo macroscópico, en principio muy sobreabundante para las necesidades actuales, y que está activado por la energía solar.  

La potencia media antropogénica actual (nuestro consumo artificial) es de 11,5 TW. La irradiación solar en la biosfera alcanza aproximadamente 
105 TW

III.   Energías renovables

La mayor parte de las energías renovables están activadas también por la irradiación solar. No es éste el caso de la geotérmica ni la de las mares, pero veremos a continuación que estas son marginales respecto al conjunto energético que depende del sol. En lo cual hay un claro paralelismo con el agua, que habrá que analizar.

Como referencia conviene recordar lo siguiente: la potencia media antropogénica actual (nuestro consumo artificial) es de 11,5 TW. La irradiación solar en la biosfera alcanza aproximadamente 105 TW (realmente algo más).

La potencia de la energía geogénica es de unos 30 TW, que comparado con la última cifra es claramente despreciable. De hecho, no cabe sino aprovecharla en lugares de excepcional actividad termotectónica, como son las zonas volcánicas. La energía geotérmica se ha empleado desde la antigüedad para baños termales, y a principios del siglo XX comenzó a considerarse su uso para calefacción doméstica y comercial, en zonas como Islandia. También se empleó para activar una central termoeléctrica en Larderello, Italia, pero ese prototipo prácticamente no ha tenido réplica ni seguimiento. Curiosamente, la energía geotérmica suele estar asociada al agua, pues sin ella no hay forma de transferir el calor subterráneo hasta la superficie. No obstante, tanto en su aspecto acuático como energético, la incidencia de la energía geotérmica, a nivel de todo el globo, es marginal.  

El ciclo del agua puede considerarse el ciclo natural por antonomasia, y sin la acción de la radiación solar, dejaría de existir.

También resulta marginal la energía mareomotriz, que también tiene al agua como agente energético, en este caso mecánico, no térmico. La potencia media total es de unos 3 TW, también muy distribuida sobre el planeta, lógicamente en las costas, aunque de manera muy desigual. En Francia, en cuyas costas del canal de La Mancha las mareas son muy pronunciadas, se construyó en los años 60 del siglo XX una central mareomotriz en el estuario de la Rance. Aparte del considerable impacto ecológico en una zona de alto interés biológico y turístico, el prototipo fue difícilmente replicable, y la energía mareomotriz no tiene sino interés puntual en algunos parajes, sin significación global en el contexto energético.

Por el contrario, la irradiación solar es nuestro máximo exponente de energía y, además, la pieza fundamental de nuestro equilibrio termofísico. El valor total de la potencia solar llegada a la biosfera es enorme, como ya se ha dicho, del orden de 120.000 TW. El problema es que se distribuye sobre los 500 millones de km2 de nuestra superficie (de manera desigual, pero en todo caso, distribuida) por lo que la densidad superficial de potencia incidente es de 240 W/m2 en valor medio. Realmente este es un valor muy bajo, pues la temperatura de cuerpo negro que le correspondería sería de 255 K, es decir, 180C bajo cero. Y esa sería la temperatura media de nuestra superficie, que estaría masivamente helada, si no existiera efecto invernadero, el cual reatrapa en las capas bajas de la atmósfera una importante fracción de los fotones emitidos por la Tierra, por lo que el valor real medio de nuestro flujo superficial de radiación no es de 240 W/m2, sino de 390 W/m2. A esta cifra le corresponde un valor de temperatura de cuerpo negro de 288 K (15 0C) lo cual es prácticamente la temperatura media de nuestra biosfera, afortunadamente para la vida.

El efecto invernadero lo producen las moléculas triatómicas y superiores, y de modo señalado el vapor de agua, al que se puede atribuir aproximadamente 2/3 del atrapamiento de la radiación antes citado (unos 100 W/m2, aunque en estas atribuciones se ha de ir con cierto cuidado, pues los fenómenos meteorológicos son intrínsecamente no-lineales, por lo que no existe verdaderamente una relación proporcional entre variación de la causa y variación del efecto). La segunda molécula en importancia en el efecto invernadero es la del CO2, y de ella nos ocuparemos ahora, al hablar del ciclo del carbono, factor esencial en la interacción de la luz solar con nuestro planeta, sobre todo por lo que se refiere a la vida, aunque también por sus consecuencias energéticas.  

El efecto invernadero lo producen las moléculas triatómicas y superiores, y de modo señalado el vapor de agua, al que se puede atribuir aproximadamente 2/3 del atrapamiento de la radiación antes citado, unos 100 W/m2

El ciclo del carbono

Hace cientos de millones de años, más de mil incluso, la atmósfera de la Tierra estaba fuertemente oxidada, sin que hubiera oxígeno elemental, pues éste estaba combinado con el carbono, en forma de CO2. El carbono también se hallaba combinado con el hidrógeno, en forma de metano.

La aparición de formas de vida capaces de sintetizar hidratos de carbono y otras moléculas orgánico-biológicas a partir de los constituyentes antedichos de la atmósfera, fue reduciendo químicamente la molécula de CO2, fijándose el carbono en materia sólida (incluidas las rocas, en forma de carbonatos) y dando aparición a O2 libre. Parte de él reaccionó con el H2 procedente de fijación del carbono del metano, lo cual produjo agua adicional y se consumió parte del oxígeno liberado. Aún así, quedó mucho en la atmósfera, un 21% en fracción molar (siendo el resto prácticamente nitrógeno). Aunque estemos absolutamente habituados a escuchar que en la atmósfera hay oxígeno (afortunadamente, pues de él vivimos) lo cierto es que resulta extremadamente sorprendente, desde el punto de vista químico, que haya oxígeno molecular en nuestra naturaleza.

El oxígeno es el elemento oxidante por antonomasia, por la razón poderosísima de que le falta un par de electrones en su capa electrónica externa, que a su vez está muy cercana al núcleo, relativamente hablando a las capas siguientes. Los electrones, por arcanos de nuestra constitución física, gustan de ir emparejados, uno con el spin hacia arriba, el otro hacia abajo, y ello casa especialmente bien con la apetencia del oxígeno por llenar su par de huecos orbitales. De ahí que sea extremadamente reactivo, y reaccione con todo lo que pueda reaccionar. De ahí que el silicio se encuentre como SiO2, los metales se hallen también oxidados, y salvo los elementos muy nobles (como los gases nobles y los metales nobles) prácticamente todo haya reaccionado con el oxígeno. Más que nadie el hidrógeno, formando agua. Por fortuna para nosotros, antes del Cámbrico se produjo esa curiosa reducción química de la atmósfera original, que estaba oxidada, y de lo cual se derivó un efecto fundamental, la aparición de O2 elemental, y otro efecto que hemos sabido aprovechar industrialmente: la fijación del carbono en sustancias orgánicas que, una vez muertas y fosilizadas, han dado lugar al carbón, el petróleo y gas, que no son sino consecuencias de la energía solar de tiempos ancestrales, embotellada inicialmente en moléculas orgánicas de alto valor energético, fosilizadas después.

El ciclo del carbono-CO2, tal como se da hoy día, está recogido en la figura siguiente, reproducida más abajo.

En la atmósfera hay unas 2,75x1012 toneladas de CO2, lo cual corresponde a una fracción molar de unos 360 ppm (partes por millón). De ese CO2, los seres autótrofos terrestres absorben aproximadamente 100x109 toneladas cada año, fijando el carbono como materia orgánica, mediante fotosíntesis. Esas 100 Gton vuelven cada año a la atmósfera, básicamente por dos mecanismos: la respiración de las plantas y su degradación y putrefacción en toda la cadena trófica, bacterias incluidas. El ciclo natural C-CO2 (vía terrestre) se mantendría de esa manera con un inventario estable. Por supuesto, de ralentizarse o acelerarse cualquiera de los procesos involucrados (fijación fotosintética, respiración, degradación) ello repercutiría en el inventario con mayor o menor velocidad, según la intensidad del fenómeno. Piénsese que cada año solo se recicla, a través de esta vía, algo más de un 3% del CO2 total contenido en la atmósfera.  

La irradiación solar es el agente que activa los ciclos naturales, particularmente el del H2O y el del CO2. El primero emplea 36.000 TW de potencia, con lo cual se mantiene una cantidad de vapor en la atmósfera que es del orden de 6 gramos por kg de aire seco.

Adicionalmente hay un intercambio de CO2 entre la atmósfera y el mar, donde también se produce una fijación fotosintética del carbono, a partir del CO2 diluido en el agua. Como todos los gases, su solubilidad decrece al aumentar la temperatura, de modo que si el mar se calentara notablemente, desprendería CO2, lo cual haría aumentar el inventario atmosférico.

Hay además otra vía por la que el CO2 puede aumentar, y es la antropogénica, como consecuencia del CO2 producido en la combustión de los combustibles fósiles. Actualmente se emiten casi 25 Gton de CO2 por esta causa, procedentes unos 10 del carbón, 11 del petróleo y derivados, y 4 del gas natural. Ello supone una perturbación el 25% sobre el flujo natural del ciclo, lo cual ha provocado que la fracción molar del CO2 en la atmósfera haya aumentado unos 50 ppm en los últimos 50 años. Las implicaciones de ésto, en cuanto a efecto invernadero, se consideran en otra ponencia de esta Jornada. Aquí era fundamental presentar este ciclo, por ser una de las vías posibles de aprovechar de manera continuada la energía solar.

Energías renovables solares

Hemos analizado cómo la irradiación solar es el agente que activa los ciclos naturales, particularmente el del H2O y el del CO2. El primero emplea, por así decirlo, 36.000 TW de potencia, con lo cual se mantiene una cantidad de vapor en la atmósfera que es del orden de 6 gramos por kg de aire seco. Ello totaliza 3x1016 kg de vapor de agua en la atmósfera, que aproximadamente son el 8% del agua superficial total. Por supuesto, las fluctuaciones de contenido de vapor de agua son enormes, habiendo parajes con humedades absolutas por encima de 30 g/kg de aire seco, y zonas con humedad indetectable. La cifra anterior equivale a 30.000 km3 de agua (como vapor en la atmósfera) que a título de curiosidad, es la precipitación total de 24 días, en valor medio. Esta precipitación nos da pié a hablar de la energía hidráulica, la primera energía renovable utilizada para la producción de electricidad, pero no la primera utilizada por el ser humano para la satisfacción de sus necesidades energéticas, que fue la biomasa. Es decir, leña. Y con ello conviene sistematizar el estudio de estas fuentes de energía renovables, que clasificaremos según sigue:

  • Energías solares directas, en las cuales la irradiación solar actúa sobre dispositivos artificiales de conversión de energía, que pueden ser de dos tipos

    • térmicos

    • fotovoltaicos

  • Energía cinética del viento (eólica), como consecuencia de los gradientes de presión generados por la irradiación solar al interaccionar con las nubes. A su vez esta energía cinética puede transmitirse al agua del mar, lo que provoca el oleaje.

  • Energía potencial (convertible en cinética) del agua elevada por evaporación, y caída en zonas de altitud (lo cual es una pequeña fracción del total). Es la energía hidráulica. Como la anterior (la eólica) su aprovechamiento fundamental se hace a través de la electricidad.

  • Energía química creada por fotosíntesis, y almacenada en moléculas orgánicas de gran valor energético (de las cuales        depende nuestra alimentación, siendo esa su función fundamental). Es la biomasa.  

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